Vaquera de Les Costes por Miriam Font

Experiencia

Ser vaquera de Les Costes es mucho más que un trabajo. Es una forma de vivir, de entender la montaña y de aprender a convivir con ella todos los días.

Durante 70 días, la montaña se convierte en mi casa. Vivo allá arriba, en una pequeña cabaña de piedra, sin agua ni luz, rodeada de los animales y de una naturaleza que marca completamente el ritmo de mis días. Durante este tiempo, todo se reduce a lo esencial. Aprendes a vivir con muy poco y, al mismo tiempo, te das cuenta de que tienes mucho más de lo que necesitas.

Ser vaquera de Les Costes es levantarse cuando todavía está oscuro sabiendo que la jornada no acabará cuando lo diga un reloj. Es andar durante horas por terrenos exigentes, subir y bajar pendientes, atravesar barro, piedra y agua, soportar el frío, el calor, la lluvia o el viento. Porque aquí arriba la naturaleza manda, y los animales no entienden de días fáciles ni días difíciles.

No hay un interruptor para encender la luz cuando oscurece, ni un grifo para abrir cuando necesitas agua. No hay muchas de las comodidades que abajo damos por hechas. Pero hay una cabaña que acaba siendo casa, el silencio de la montaña, unas rutinas que se vuelven imprescindibles y una forma de vivir mucho más sencilla e intensa.

Ser vaquera exige mucho físicamente, pero todavía exige más mentalmente. Hay días de cansancio, de preocupación, de tomar decisiones rápidas y de seguir adelante aunque el cuerpo te pida parar. Tienes que estar pendiente de los animales, conocerlos, observarlos y anticiparte a lo que necesitan.

Son 70 días en los que no sólo trabajas en la montaña: vives. Te levantas, trabajas, comes, descansas y al día siguiente vuelves a empezar. El monte deja de ser el paisaje para convertirse en tu día a día.

No es una vida cómoda. Pero es la vida que he escogido.

Porque detrás de todo este esfuerzo también hay momentos que lo compensan todo: ver salir el sol mientras caminas entre las vacas, sentir el silencio de la montaña, contemplar a un animal que está bien después de haber sufrido por él o llegar al final de una jornada agotada y saber que has hecho todo lo que estaba en tus manos.

Y también hay algo difícil de explicar: el vínculo que acabas creando con ese sitio. Después de tantos días viviendo de forma tan sencilla, tan cerca de los animales y de la naturaleza, aprendes a valorar cosas que antes parecían pequeñas. Y descubres también una fuerza en ti misma que quizás no sabías que tenías.

En un trabajo así, aprendes muy pronto que necesitas confiar en lo que llevas contigo. Especialmente en tus pies, porque son los que te llevan monte arriba y monte abajo, kilómetro tras kilómetro, independientemente de cómo sea el terreno o del tiempo que haga.

Por eso, cuando Bestard me dio la oportunidad de probar las botas Kathmandú, las puse directamente allá donde realmente debían ponerse a prueba: en mi día a día.

Han compartido conmigo jornadas largas, desniveles, barro, piedra, humedad y muchas horas de montaña. Y en un trabajo tan exigente, encontrar unas botas con las que sentirme cómoda, protegida y segura ha sido todo un descubrimiento. Cuando llevas muchas horas caminando y todavía queda trabajo por hacer, estos detalles dejan de ser pequeños detalles.

Mis botas terminan los días sucias, marcadas y llenas de montaña. Y, de alguna forma, me gusta que sea así. Cada marca explica una jornada, un camino recorrido y una parte de este trabajo que quiero tanto.

Ser vaquera de Les Costes me ha enseñado que las cosas que realmente merecen la pena suelen requerir esfuerzo. Que puedes vivir con mucho menos de lo que imaginas. Que la montaña no te regala nada, pero te da todo.

Y que, incluso los días más duros, cuando miras a tu alrededor, ves a los animales tranquilos, la cabaña de piedra que durante 70 días es tu casa y esas montañas que ya conoces casi de memoria, recuerdas por qué lo haces.

Y sabes que volverías a escoger ese camino.

Paso a paso. Día tras día.