Bestard en el valle de Azzaden

Caminar por algo más grande que la montaña

Texto y fotos: Edu Lalanda | Malamalama Travels – Mayo 2026

Una vez al año, en Malamalama montamos una expedición cuyo objetivo de verdad no está en ningún mapa: caminamos para recaudar fondos para la Fundación CRIS contra el Cáncer. Lo hacemos desde 2023 —empezamos en el Kilimanjaro— y este año tocó Marruecos. 23 personas, el Toubkal de fondo y muchas ganas de sudar por algo que pesa más que una cumbre.

Y la montaña, que nunca lee el guion, decidió ponerlo difícil. La meteo se torció y la cima dejó de ser para todos: solo 7 siguieron hacia arriba y firmaron una ascensión invernal muy tardía al Toubkal. Los otros dieciséis bajamos el plan y subimos el ánimo —yo me llevé al grupo hacia el valle de Azzaden, ese rincón verde y apartado que se salta la ruta normal del Toubkal—. Y ahí está la gracia de un viaje así: el día que la cumbre no puede ser, resulta que tampoco hace falta para que el viaje tenga sentido. El porqué seguía intacto.

Días de valle, pies que se olvidan

Las jornadas por el Azzaden fueron de las buenas: valle, sube y baja, kilómetros de charla y casi nada de sufrimiento técnico. Para eso no quieres nada en los pies que pese o que te dé la lata.

Yo tiré de las Speedwave II, la zapatilla de Bestard: ligera, ágil, con esa pisada que se olvida… que es justo lo que pides cuando quieres estar con la gente y no pendiente de tus pies. Vibram debajo, agarre seguro en tierra y piedra suelta, y la sensación de ir casi de calle por un valle del Atlas.

Raquel calzó las Turó Lady. Caña media, peso pluma, la flexibilidad de una zapatilla pero con la sujeción de tobillo que se agradece cuando el sendero se pone irregular y los días se acumulan. Para una ruta así —cómoda, larga, exigente solo en distancia— es justo la herramienta: protección de sobra, cero castigo.

La mañana que amaneció en blanco

Hasta que la montaña volvió a recordarnos quién manda. Nevó la primera noche, y la mañana que tocaba subir a las cascadas de Irhoulidene nos despertamos con todo blanco. Otro paisaje, otro plan, otra bota.

Guardé la zapatilla y me calcé las TR Quantic. Es otra liga: más bota, más protección, más aislamiento, sin convertirse en un mazacote de alta montaña. Pie seco y templado toda la jornada, agarre firme en nieve blanda y roca mojada, y una estabilidad que se agradece de verdad. Y guiando en nieve eso se nota: con los pies resueltos, la cabeza se queda con el grupo y no con dónde pisas tú. Subir hacia Irhoulidene con la cascada medio helada y el valle nevado fue, de hecho, la estampa que todos nos trajimos de vuelta.

Pasos que suman

Prefiero no dar la cifra. Me quedo con otra cosa: que 23 personas decidieran gastar sus vacaciones, sus piernas y su dinero en caminar contra el cáncer, y que la montaña le regateara la cumbre a buena parte del grupo sin quitarle ni un gramo de motivo. Esa es la expedición que repetimos cada año. La que de verdad merece la pena guiar.

El calzado no cura, claro. Su papel es otro: llevarte hasta donde puedes aportar y, una vez allí, no estorbar. De la calma del valle a la nieve de Irhoulidene, eso es lo que hicieron las Bestard. Desaparecer. Dejar que los pies no fueran tema, para que la cabeza estuviera en lo único que importaba: caminar, juntos, por algo más grande que la montaña.